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Mientras el departamento del Tolima enfrenta una de las peores emergencias por incendios forestales de su historia reciente, con miles de hectáreas devastadas y una lucha incesante por el agua, un hecho en el municipio de Coello ha desatado una ola de indignación y cuestionamientos sobre las prioridades de algunos gobernantes.
La dramática situación se vive principalmente en municipios como San Luis, Valle de San Juan y Ortega, donde cerca de 12.000 hectáreas de cultivos vitales —entre sorgo, maíz, limón, mango y arroz— se han perdido bajo el embate de las llamas. Las autoridades departamentales y locales, junto a una encomiable solidaridad de la comunidad, continúan desplegando esfuerzos titánicos para mitigar una emergencia que ya completa una semana de intensas labores, a menudo dificultadas por la escasez del preciado líquido.
El panorama es desolador. Solo en San Luis, epicentro de la tragedia, se contabilizan más de 11.000 hectáreas consumidas. La falta de agua se ha convertido en un obstáculo recurrente para los cuerpos de bomberos y demás organismos de socorro que combaten el fuego sin tregua. Ante esta crisis, alcaldes, la gobernadora del departamento y el propio Gobierno nacional han elevado un llamado urgente a la población para que haga un uso racional del agua, una medida indispensable en medio de la severa sequía que azota al país, consecuencia directa del fenómeno de El Niño.
En este contexto de alarma y carencia, el contraste desde Coello no ha podido ser más chocante. En medio de las tradicionales festividades del municipio —un evento que, si bien puede dinamizar la economía local, ha quedado envuelto en la polémica— ocurrió el hecho que ha generado profundo malestar. El alcalde de Coello, Santiago Herrera, presuntamente permitió que el carro de bomberos local encabezara un desfile, utilizando una considerable cantidad de agua para "refrescar" a los asistentes.
Un camión cisterna o carro de bomberos tiene la capacidad de transportar entre cinco y treinta metros cúbicos de agua, lo que se traduce en 5.000 a 30.000 litros. Una cifra contundente. Esta cantidad de agua, en un momento de crisis hídrica y de emergencia forestal sin precedentes, habría podido ser un alivio crucial para los municipios vecinos, especialmente para San Luis, que clama por cada gota para contener el avance destructor del fuego. En lugar de ello, se habría destinado a la satisfacción efímera de una festividad, lo que ha sido percibido por muchos como un despropósito en las actuales circunstancias.
La indignación pública es palpable. Mientras una parte del Tolima arde y la otra sufre la sed, el uso de recursos vitales de esta manera ha puesto en el centro del debate la pertinencia de ciertas celebraciones y la coherencia de las acciones de sus líderes ante una adversidad que exige, más que nunca, sensatez y solidaridad.